Hola Soledad vieja amiga, maldita mía, ¿por qué me haces esto?
Me necesitan ahí fuera, no me agarres tan fuerte, no me lleves a tu esquina oscura de lujos y placeres, no me desgarres el alma en pequeñeces, Soledad, no tan fuerte.
No me encierres en tus catacumbas ahora que me llaman, me abrazan y yo no puedo responder a ese abrazo, no sé responder a unas lágrimas, ni ofrecer una mano al desconsuelo.
No puedo porque tú, me tienes agarrada, porque el dolor lo haces tuyo, lo comes tú, lo duermes tú, lo matas tú.
Ha muerto, ha muerto, ha muerto.
Nosotras seguimos vivas Soledad, déjame por un momento, acercarme a ese dolor y olvidarme de mí, de ti, de nosotras. Lo nuestro perdura, no temas, volveré.
No lo hagas Soledad, déjame compartir el dolor con Ella. He besado sus mejillas, su cuello, he posado mi pésame en su brazo y le he sonreído, débil pero firme. Intento preguntarle, dejarle hablar, desahogarse, entregarme su angustia, su desgarro, su desperfecto. Y me cuenta entre sollozos que la echará de menos, su voz, las llamadas de cada día, Ella sentía que le quería muchísimo, que estaba ahí, podía hablar de cualquier cosa, contarle sus desventuras y miserias, pedirle que rece por nosotros, recoger los paquetes de galletas.
¿Y ahora quién?
Y posa los ojos en los míos, esos ojos grandes tan rojos ahora, y los míos asustados con tanta verdad, tanta intensidad, tanto dolor que yo le quito, lo asumo y lo hago mío.
Dame más.
Y ella me lo da.
Sigue llorando y me confiesa que le dio tiempo a despedirse, triste, ay qué triste está.
Yo sabía que yo no iba a llorar.
Lo supe desde mucho antes de que llegara el momento en que debía hacerlo. De modo que no tuve tiempo de asombrarme, de lamentarme. Sabía que su muerte iba a fluir en el tiempo como algo más, superaría tan rápido su adiós que debía avergonzarme por tan poca sensibilidad. Pero fingir unas lágrimas es mucho pedir. Y es de mala educación.
Así que callo, solemne y fría, recuerdo el protocolo, el manual de los entierros, la palabra y el silencio idóneos y procuro que sea rápido y fácil y volver a mí, a mi vida, que ya se echa de menos, a mi protagonismo, mi historia que por un día ha sido desplazada, cortada, suspendida en el aire porque había otro asunto pendiente.
Vuelvo a ti, en definitiva, Soledad. Y entonces, sí que lloro. Y lloro, como siempre, por mí.